sábado 18 de abril de 2009
Gracias
Gracias por todo mi vida, gracias. No te olvidaré.
 
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miércoles 15 de abril de 2009
Algo falla


Barack Obama ha adoptado un perro de aguas portugués de seis meses. Su nombre es Bo, como el que le pusieron unos primos de la familia a su gato, y fue devuelto por sus antiguos propietarios, habitantes del estado de Texas, por considerarlo demasiado revoltoso. Desde algunas instituciones de animales abandonados han criticado la decisión de los Obama de acudir a un criadero de perros en lugar de elegir a un cachorro de un refugio para animales, que era lo que en un principio pensaban hacer. Pero el presidente del país más poderoso del planeta eligió esta raza porque es hipoalergénica, y su hija Malia no tolera el pelo de los canes. El perro tuvo un entrenador personal para ser entregado a la familia presidencial en plena forma.

Y ahora… ¿cómo me pongo a escribir un trabajo sobre Darfur y el genocidio que se está cometiendo allí sin que a nadie le importe? ¿Cómo puedo hablar de Kósovo o Irán, de las penalidades que tienen que atravesar los habitantes de estos dos países, mientras Bo corretea por la Casa Blanca y le dedican un espacio en todos los medios de comunicación? ¿Cómo es posible que haya llegado a nuestros oídos el nombre de Bo y no el de Sumaya, por ejemplo, que cuida de sus siete hermanos en un campo de refugiados tras huir durante dos semanas de los Janjaweed? Pero claro, él es el perro de la primera familia. Y ella sólo una más de otros millones de desplazados por la guerra y el hambre. Indignación y asombro. No encuentro palabras.

Mi incredulidad va en aumento cuando compruebo que en todas y cada una de las cadenas más vistas en el mundo y de los periódicos más importantes han dedicado unos minutos a hablar del inquieto can. Y mi pregunta es, ¿acaso no hay noticias más importantes que destacar? Porque si Bo tiene un hueco de al menos tres minutos en un telediario y los más de dos millones de desplazados en Sudán no lo tienen, a mi me parece que algo falla.
 
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martes 14 de abril de 2009
Mario III
El coche paró cerca de la entrada del edificio de maternidad del hospital. El día estaba nublado y se podía presentir que la lluvia no tardaría en hacernos una visita. A mi me daba lo mismo. Un cosquilleo me recorría el cuerpo mientras me acercaba a las puertas automáticas. Había un nuevo y pequeño ser que me moría de ganas por conocer.

Qué olor más raro. Nunca me había gustado como olían los hospitales. Nada más entrar en el vestíbulo arrugué la nariz. Que poco sabía entonces de lo que significaba entrar en una de esas habitaciones compartidas y de lo triste que resulta algunas veces no volver a ver salir a las personas que quieres de allí…

Pero ese día era puro nervio. El nudo en el estómago, la mano sudorosa agarrando fuertemente la de mi prima. Sólo oía el ruido de mis zapatos contra el suelo y mi respiración. Todo lo demás me parecía lejano. Recuerdo que mi tío se paró a hablar con alguien en el pasillo. Me acuerdo de coger el ascensor. Todo borroso. Como la luna algunas noches de primavera.

Las puertas se abrieron y ante mí se extendió un largo pasillo, lleno de gente con batas blancas, mujeres vestidas de verde y otras personas con la mirada ilusionada, que recorrían nerviosos el corredor hablando por el móvil o abrazando a otras personas. Pasamos por delante de una señora en silla de ruedas que hablaba con otras tres mujeres. La silla era azul, metálica y tenía pegatinas por todas partes.

Y por fin llegué. Una enorme puerta (en realidad una puerta como otra cualquiera, pero ya se sabe que los niños son muy exagerados) me separaba de ese precioso ser. Mi prima abrió la puerta y me dejó pasar. Lo primero que vi fue a mi padre, sentado en la cama donde estaba tumbada mi madre. Se le veía tan feliz… Se giró y me sonrió. Me acerqué a la cama. Estaba temblando. El mundo se había detenido. No recuerdo ni un solo sonido. Ni una voz. Vi a mi madre, cansada pero sonriente, con una de esas batas de lunares, recostada sobre un par de cojines y la almohada. Mi padre se levantó y llegué a la cabecera de la cama. Mi madre me besó en la cabeza y miró hacia la derecha. Desde donde yo estaba sólo podía ver una cunita y una manta que sobresalía por uno de los bordes. Rodeé la cama. Temblaba. Sin hacer ruido me acerqué al borde de la cuna y me asomé.

El bebé más bonito del mundo dormía tranquilamente entre unas sábanas. Y ahí los recuerdos borrosos se acaban, porque mi mente anotó cada detalle de ese encuentro, y hoy los puedo revivir con nitidez. Olía tan bien… A limpio, a ternura, a ropa recién lavada… Me quedé mirándole mucho tiempo, embobada. Para mí el mundo se había detenido. Metí una mano por encima de la cuna y le acaricié la frente. ¡Qué suave! Y cuánto pelo tenía, tan negro como sus ojos. Era tan delicado, tan hermoso, tan perfecto. Temía hacerle daño, pero aun así le cogí la mano. Unos dedos diminutos intentaron rodear mi pulgar.

Me separé de la cuna sonriendo. Miré a mis padres y vi que ellos también sonreían. No creo que pudiera haber más felicidad contenida que la que había en aquella habitación de aquel hospital hace ahora más de trece años.

Esto es solo el principio de tu vida. Estoy segura de que no leerás esto hasta dentro de un tiempo. Para entonces ya tendré tu vida escrita. Cada detalle de tu existencia quedará grabado, de eso me encargo yo. Es mi forma de demostrarte mi amor. Nunca estarás solo. Siempre hemos sido un equipo y siempre lo seremos. Cuando papá y mamá no puedan ayudarnos, lo haremos nosotros. Cuando necesites algo, haré todo lo que pueda para conseguírtelo. Nada nos separará jamás. Eres mi otra mitad, mi otro yo, una parte de mí. Vives en mi cabeza y en mi corazón. Desde ese primer encuentro en el hospital hasta hace unos minutos que te acabas de ir a la academia a estudiar inglés, toda la vida he cuidado de ti. Y lo seguiré haciendo. Siempre. Te quiero.
 
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jueves 19 de marzo de 2009
Mario II
Parpadeé varias veces. Entre las legañas mañaneras y la sorpresa, me resultaba un poco difícil distinguir lo que estaba pasando. Ya estaba aquí, no me lo podía creer. Enseguida me puse nerviosa. Estaba emocionada. Salté de la cama y me vestí corriendo. No quería esperar más. En mi mentalidad de una niña de ocho años no entendía que tenía que esperar a que vinieran a buscarme para poder ir al hospital. Mi libertad para poder desplazarme esos pocos kilómetros que me separaban del 12 de Octubre era bastante limitada, aunque en ese momento yo sentí podría ir corriendo y volver sin apenas cansarme.

Pero por sensatez, algo de lo que carecía en aquella época y aún sigo echando en falta en algunos momentos de mi vida, tuve que esperar a que llegara mi tío y nos recogiera. Me senté en el asiento trasero, mi prima me abrochó el cinturón y el coche arrancó. Mientras miraba por la ventana el cielo cubierto de nubes y movía las piernas de modo rápido y mecánico, recordé todo lo que había sucedido en aquellos meses anteriores a ese día y empecé a pensar en cómo serían las cosas a partir de ahora.

Ahora, muchos años después, puedo ordenar los pensamientos de aquel 16 de enero. Puedo encajar los recuerdos y hacer que tengan sentido, o por lo menos, más sentido que en mi revolucionada cabecita durante ese paseo en coche hasta el hospital. Todo empezó unos 9 meses antes, aunque no puedo acordarme del día exacto. Era un sábado, o puede que un viernes. Esa noche había cena en casa, así que tocaba preparar la “mesa alta” del salón. Nosotros comemos normalmente en una mesa cuadrada bajita, nos sentamos en el suelo en cojines y ahí comemos y cenamos, a pesar de los años que lleva mi madre intentando convencernos para que usemos una mesa normal, con sillas y esas comodidades. Pero nosotros nos negamos, es como una tradición, además así puedes sentarte de hasta 25 formas diferentes, lo que le da mucho más juego a las horas de las comidas.

El caso es que aquella noche había que poner la ya mencionada mesa para que se pudieran sentar mis abuelos, que no estaban para sentarse con las piernas cruzadas en el suelo, y pudieran volver a su casa con las caderas intactas. Como siempre, yo me quedé dando vueltas por la casa, jugando con Wendy, trasteando en mi habitación o pasando de un sofá a otro mientras imaginaba que el suelo era lava y no podía pisarlo. Mis padres iban de un lado a otro, sacando los cubiertos, preparando la cena, etc. Sin embargo, aquella noche parecían un poco nerviosos. Todo lo hacían con prisa. Lo habitual era que cuando llegaban las visitas, nos sentábamos todos en el salón, tomábamos algo, mi abuela se ponía unas zapatillas de estar por casa de mi madre o las suyas propias que traía en una bolsa de plástico y luego entre todos sacaban los platos y la comida.

Al final, llegaron mis abuelos. Me dieron un beso cada uno y mientras mi abuela se fue a la cocina, mi abuelo se quedó conmigo, dándome conversación y diciéndome que se me iba a bajar toda la sangre a la cabeza si no me daba la vuelta y me sentaba como una persona normal. Al poco rato, todos estábamos ya sentados y empezamos a cenar.

Todo fue normal, la conversación, la comida, mi padre y mi abuela con sus diferencias habituales. Todo estaba en su sitio. Hasta que llegamos a los postres. Después, recuerdo que de repente todo el mundo se me quedó mirando. Yo, sorprendida, miré a mi madre, que empezó a hablar. Parecía emocionada, como si no supiera qué iba a decirme. Y aunque parezca extraño, justo medio segundo antes de que me lo contara, lo supe. No sé cómo explicarlo, fue una sensación rara, un cruce de miradas con mi madre y lo supe.

“Vas a tener un hermanito”. Me quedé… ¿cómo podría expresarlo? Más que sorprendida, más que emocionada. No podía decir nada, no me salía la voz. Sólo recuerdo que alguien me abrazó y que empecé a dar palmas de alegría. Y una lágrima se me escapó. Mi madre me cogió, me sentó en su regazo y me dijo “¡No llores tonta!” y sonrió. Y yo la miré y sonreí. Nunca he vuelto a contemplar una expresión en mi madre como la de aquella noche.
 
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miércoles 18 de marzo de 2009
Mario
Recuerdo perfectamente la primera vez que nos vimos. Me acuerdo del primer instante en que nuestras miradas se encontraron, en que me vi reflejada en esos grandes ojos negros que me miraban con curiosidad. Jamás se me olvidará aquel día, el tacto suave de tu piel, tu primera sonrisa, las primeras lágrimas que vi en tus ojos, la tranquilidad que me invadió al encontrarte en aquella habitación.

Eran las siete y media de la mañana de un nublado martes 16 de enero. Por aquel entonces, aún creía que en cualquier momento el tiranosaurios de Jurassic Park, una película que jamás debí haber visto y menos con aquella edad, metería su enorme boca por mi ventana y decenas de pequeños velociraptors entrarían corriendo en mi habitación. Nunca quería llegar al final de ese sueño, el impacto de imaginarme a mi perra peleando contra un bebé dinosaurio era más que suficiente para despertarme entre sollozos. En fin, ante mi manifiesto miedo por unos seres extinguidos hace millones de años, solía dejar la luz de mi mesilla encendida durante toda la noche, o eso creía yo, ingenua de mí. La realidad: mis padres me apagaban la luz cuando me quedaba dormida y me la volvían a encender poco antes de despertarme para ir al colegio. Eso no lo supe hasta años después claro, pero yo vivía feliz en mi ignorancia.

Aquella mañana no me despertaron. Pasados unos minutos de mi hora habitual de “No quiero ir al colegio, déjame un ratito máaaaas” abrí los ojos y enseguida entendí que algo no iba bien, algo no cuadraba. Sí, mi luz estaba encendida, mi oso blanco de peluche con el que dormía estaba en su sitio, es decir, en el suelo, y mi vaso de agua en la mesilla. Todo en orden, excepto un detalle: mi madre no estaba. Normalmente se sentaba en mi cama, me daba un beso, intentaba despertarme, entonces yo me daba la vuelta, me cubría con el edredón e intentaba aprovechar al máximo unos minutos más de sueño. Al cabo del rato volvía, me daba otro beso y ya algo más tajante me decía que o salía ya de la cama o perdíamos la ruta. Al final, acababa levantándome, poniéndome el uniforme y desayunando con los ojos entrecerrados y el pelo revuelto.

Pero aquel jueves mi madre no estaba. En cambio, vi a mi prima Noelia, nerviosa, andando por el pasillo con el teléfono en la mano. Seguía tumbada en la cama cuando, muy lentamente empujó la puerta, entró en mi habitación y se sentó a mi lado. Me miró con una expresión de felicidad que nunca había visto en sus ojos, me acarició el pelo y me dijo “Vístete que tenemos que ir al hospital a conocer a tu hermanito”.
 
posted by Marta at 20:53 | Permalink | 0 comments
lunes 2 de marzo de 2009
Lo siento


No se puede. Es matemáticamente imposible. A no ser que los días empiecen a tener 40 horas en lugar de 24, es imposible llevar a la perfección las clases en la universidad, un trabajo que se alarga horas más allá de tu turno, una relación, grandes amistades y muy variadas y una vida familiar. Es cierto que puedes intentar llevarlo todo, pero alguna vez que otra la distribución del tiempo que dedicas a unos y otros hará que esa balanza se desequilibre, y por tanto cause enfados y malestar.

No sé cómo se hace. Nadie me ha enseñado, ni me ha dicho nunca qué hacer ante un dilema, ante varias proposiciones para un mismo día. ¿Cómo hacerlo para no ofender a nadie? Es muy difícil, de verdad. Antes de encontrarme en mi situación actual era de las que pensaba que no podía ser tan complicado. Que la gente exageraba cuando me decía que ya veríamos como lo hacía cuando estuviera en su lugar. Ahora lo comprendo.

No pretendo hacer daño a nadie, nunca es esa mi intención. Intento hacerlo lo mejor que puedo, en serio. Quiero disfrutar el mayor tiempo posible de todos vosotros, porque os aprecio y os quiero, porque me hacéis falta, porque sólo imaginarme que uno de vosotros está triste, enfadado o preocupado hace que no pueda pensar en otra cosa.


No soy capaz muchas veces de ordenar mis prioridades, y puede que a más de uno os haya hecho daño. Si es así, lo siento, lo siento mucho. De verdad que nunca fue esa mi intención. Y seguiré esforzándome para no decepcionaros.
 
posted by Marta at 19:29 | Permalink | 2 comments
miércoles 18 de febrero de 2009
El bolso
Contenido del bolso:

Monedero
Llaves de casa
Unas entradas de cine
Llaves del coche
Botella de agua
El abono transporte
Libro
Kit de emergencia (bolsa pequeña con gelocatiles, tiritas, maquillaje, etc)
Libreta
El bote de las lentillas
MP3
Brillo de labios, cacao o vaselina
Un bolígrafo
Un folleto de la obra de teatro del fin de semana
Caramelos y chicles
El periódico del día anterior
Agenda
Móvil
Un paquete de clínex
Un plano de Metro
Un mechero
Un papel doblado al fondo
El estuche de las gafas (sin las gafas casi siempre...)
Varios post-it indescifrables
Un pañuelo para atar en la cabeza
Un colgante
Un par de horquillas

Conclusión:
tengo que empezar a usar bolsos más pequeños…
 
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