
El coche paró cerca de la entrada del edificio de maternidad del hospital. El día estaba nublado y se podía presentir que la lluvia no tardaría en hacernos una visita. A mi me daba lo mismo. Un cosquilleo me recorría el cuerpo mientras me acercaba a las puertas automáticas. Había un nuevo y pequeño ser que me moría de ganas por conocer.
Qué olor más raro. Nunca me había gustado como olían los hospitales. Nada más entrar en el vestíbulo arrugué la nariz. Que poco sabía entonces de lo que significaba entrar en una de esas habitaciones compartidas y de lo triste que resulta algunas veces no volver a ver salir a las personas que quieres de allí…
Pero ese día era puro nervio. El nudo en el estómago, la mano sudorosa agarrando fuertemente la de mi prima. Sólo oía el ruido de mis zapatos contra el suelo y mi respiración. Todo lo demás me parecía lejano. Recuerdo que mi tío se paró a hablar con alguien en el pasillo. Me acuerdo de coger el ascensor. Todo borroso. Como la luna algunas noches de primavera.
Las puertas se abrieron y ante mí se extendió un largo pasillo, lleno de gente con batas blancas, mujeres vestidas de verde y otras personas con la mirada ilusionada, que recorrían nerviosos el corredor hablando por el móvil o abrazando a otras personas. Pasamos por delante de una señora en silla de ruedas que hablaba con otras tres mujeres. La silla era azul, metálica y tenía pegatinas por todas partes.
Y por fin llegué. Una enorme puerta (en realidad una puerta como otra cualquiera, pero ya se sabe que los niños son muy exagerados) me separaba de ese precioso ser. Mi prima abrió la puerta y me dejó pasar. Lo primero que vi fue a mi padre, sentado en la cama donde estaba tumbada mi madre. Se le veía tan feliz… Se giró y me sonrió. Me acerqué a la cama. Estaba temblando. El mundo se había detenido. No recuerdo ni un solo sonido. Ni una voz. Vi a mi madre, cansada pero sonriente, con una de esas batas de lunares, recostada sobre un par de cojines y la almohada. Mi padre se levantó y llegué a la cabecera de la cama. Mi madre me besó en la cabeza y miró hacia la derecha. Desde donde yo estaba sólo podía ver una cunita y una manta que sobresalía por uno de los bordes. Rodeé la cama. Temblaba. Sin hacer ruido me acerqué al borde de la cuna y me asomé.
El bebé más bonito del mundo dormía tranquilamente entre unas sábanas. Y ahí los recuerdos borrosos se acaban, porque mi mente anotó cada detalle de ese encuentro, y hoy los puedo revivir con nitidez. Olía tan bien… A limpio, a ternura, a ropa recién lavada… Me quedé mirándole mucho tiempo, embobada. Para mí el mundo se había detenido. Metí una mano por encima de la cuna y le acaricié la frente. ¡Qué suave! Y cuánto pelo tenía, tan negro como sus ojos. Era tan delicado, tan hermoso, tan perfecto. Temía hacerle daño, pero aun así le cogí la mano. Unos dedos diminutos intentaron rodear mi pulgar.
Me separé de la cuna sonriendo. Miré a mis padres y vi que ellos también sonreían. No creo que pudiera haber más felicidad contenida que la que había en aquella habitación de aquel hospital hace ahora más de trece años.
Esto es solo el principio de tu vida. Estoy segura de que no leerás esto hasta dentro de un tiempo. Para entonces ya tendré tu vida escrita. Cada detalle de tu existencia quedará grabado, de eso me encargo yo. Es mi forma de demostrarte mi amor. Nunca estarás solo. Siempre hemos sido un equipo y siempre lo seremos. Cuando papá y mamá no puedan ayudarnos, lo haremos nosotros. Cuando necesites algo, haré todo lo que pueda para conseguírtelo. Nada nos separará jamás. Eres mi otra mitad, mi otro yo, una parte de mí. Vives en mi cabeza y en mi corazón. Desde ese primer encuentro en el hospital hasta hace unos minutos que te acabas de ir a la academia a estudiar inglés, toda la vida he cuidado de ti. Y lo seguiré haciendo. Siempre. Te quiero.