Insignificantes. Deliciosos. Apenas los percibimos en la vida diaria. En realidad sí que los percibimos, pero no los apreciamos. Al menos, no lo suficiente.
Me refiero a los olores.
Pocos sentidos son capaces de transportarte a otros mundos, invadirte de recuerdos, alterarte, emocionarte o incluso asquearte como el olfato. La ropa recién lavada me lleva a esos sábados en los que se aprovecha para hacer la colada. El detergente, el suavizante, tender las camisetas, los pantalones, las camisas… y que la casa se inunde con un mar de lavanda y frescura.
El pan tostado, el café recién hecho, el zumo de las naranjas mientras se exprimen… Pocos olores son tan deliciosos como el de un desayuno. Tal vez sea porque al ser la primera comida del día, aún tenemos los sentidos atrofiados y la nariz es la que termina de desperezarnos, la que nos avisa "eh, come algo, ¡arriba!". La luz que se filtra por las ventanas de la cocina, el crepitar de los granos de café en la cafetera, el sonido de las cucharillas contra la taza… supongo que el resto de los sentidos también juegan su papel. Sin ellos no podríamos apreciar cada momento en su totalidad.
Pero el aroma de la tierra justo antes de la lluvia, el delicioso olor del pan recién sacado del horno, la exquisita esencia de la piel del ser amado, capaz de hacerte enloquecer con solo respirar levemente cerca de esa persona… Nada es comparable a eso. Nadie en este mundo está privado del olfato. Es universal. Es maravilloso.

1 comentarios:
El olor de los dulces de anís o el de la ruda...
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